El accidente del cesio-137: la tragedia real que inspiró Emergencia Radiactiva, el nuevo fenómeno de Netflix


El nuevo top 1 de series en Netflix demuestra que las ficciones sobre accidentes nucleares siguen causando fascinación. Como Chernobyl en 2019, la brasileña Emergencia Radiactiva (Emergência Radioativa) recrea un hecho real sobre los peligros de la radioactividad que derivó en pánico y muerte. Aunque no es tan conocido como el de la planta ucraniana, es muy significativo en el historial de este tipo de catástrofes.
El accidente del cesio-137, ocurrido en Goiânia (Goiás) en 1987 es el mayor accidente nuclear de la historia ocurrido fuera de una planta nuclear y el peor desde Chernobyl.
Así, la serie de Gustavo Lipsztein dramatiza en cinco episodios los hechos que desembocaron en el accidente.
Fue un trágico pasamanos. Dos recolectores de basura, Wagner Pereira y Roberto Alves, ingresaron en un hospital abandonado y encontraron una unidad de radioterapia. No lo dudaron. Intuyeron que tendría algún valor, así que la cargaron en un carro y la llevaron a su casa, donde la desmontaron.
Cuando le quitaron su parte superior descubrieron en el interior un cilindro que, más tarde se sabría, contenía 19 gramos de cesio-137, una sustancia altamente radioactiva. En el afán de hacer negocios, vendieron la cápsula al depósito de chatarra de un hombre llamado Devair Ferreira.
Poco después, los recolectores empezaron a sentirse mal. Tenían vómitos, diarrea y partes del cuerpo hinchadas. Los médicos les decían que era una reacción alérgica por comer alimentos en mal estado.
Mientras tanto, en lo de Ferreira pasaba algo curioso. El hombre había descubierto que la cápsula emanaba un extraño brillo azul. Provenía de unos pequeños granos similares al arroz que se convertían en polvo al tacto.
Ferreira y su familia creían que era algo sobrenatural. El cilindro se volvió una atracción en toda la vecindad. Y, como justo estaban en época de carnavales, muchos aprovecharon para disolverlo y untarlo en su cuerpo para brillar en la oscuridad. Incluso hubo familiares del chatarrero que lo manipularon durante la comida, como por ejemplo Leide, la sobrina de seis años del chatarrero.
Con el tiempo, muchas personas que habían entrado en contacto con el polvo brillante enfermaban y quedaban internadas. La primera persona que ató los cabos fue María Gabriela Ferreira, la esposa de Devair. Ella fue quien decidió entregar el misterioso cilindro a una oficina de salud del gobierno local, que lo almacenó sin saber qué era.
Ahora es cuando entra en juego el físico Walter Mendes Ferreira, quien, alertado por los pacientes, decidió analizar la cápsula.
Su detector de radiación fue clave para empezar a descifrar la verdad: a 80 metros de distancia de la oficina en donde estaba la cápsula, el detector empezó a saturar, lo que señalaba que tenía frente a sí un campo de radiación muy alto. Para corroborarlo, el físico acudió al lugar de donde había provenido el objeto, la chatarrería, y concluyó lo peor: había radiación en todas partes.
Con el tema instalado en la agenda nacional y la Comisión Brasileña de Energía Nuclear metida en el asunto, el hospital empezó a derivar a los posibles contaminados a un estadio de fútbol vacío. Muchos eran dados de alta después de un baño con agua y vinagre.
Las autoridades querían evitar a toda costa que la sociedad supiera lo que estaba ocurriendo, por eso los pacientes no podían siquiera ver la TV. El depósito de chatarra y varias casas fueron demolidas, muchos árboles fueron talados y se sacrificó a animales por ser considerados residuos nucleares.
Más de 110.000 personas fueron examinadas. Unas 249 tenían niveles significativos de material radiactivo en sus cuerpos.
La primera víctima fatal fue la niña Leide, que había manipulado el material durante la comida. La siguió su tía, María Ferreira, quien se encontraba en la misma mesa. Ambas fallecieron por septicemia y sepsis un mes después de su exposición al cesio.
Hubo otras dos víctimas fatales, ambos trabajadores de la chatarrería. Increíblemente, los dos basureros y el dueño de la chatarrería sobrevivieron.
Por el hecho, en 1996 cinco personas vinculadas a la clínica que había abandonado la máquina fueron condenadas a tres años y dos meses de prisión por homicidio, castigo que sería reducido a servicio comunitario.
Fuente: www.clarin.com



